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No somos los únicos dispuestos a cambiar las
cosas a mejor. Nos diferencian de otros sobre todo los medios
para lograrlo. Así, nuestro principio es la autonomía. La
autonomía no es otra cosa que pensar y actuar conforme al
criterio de que sólo actuando juntos y con independencia
absoluta, los trabajadores y cuantos se sienten explotados
podremos lograr algo. Se decía que la emancipación de los
trabajadores sería obra de ellos mismos o que, de lo contrario,
no lo sería.
Esto que decimos significa muchas cosas. Una,
que estamos al margen de partidos, poderes y doctrinas distintas
de la que nos hemos dotado, y que no dependemos para nada de
ninguno de ellos. Que cuanto hacemos responde a la suma de
espíritus particulares de cada persona, y no a mandatos,
imperativos o estrategias ajenas.
Pero otra cosa que significa es que nuestra
voluntad es la de hacer las cosas por nosotros mismos. Vivimos
un mundo cada vez más organizado y cuadriculado, donde las
posibilidades reales del individuo de hacer cuanto le pide una
voluntad respetuosa con los derechos de los demás, es cada vez
menor. Por eso instamos y estipulamos la participación de todos
y cada uno en la vida interna y externa de nuestra organización,
en sus asambleas, en las luchas, en la responsabilidad a la hora
de asumir tareas o cargos. Una organización que depende de los
más listos, de los más entregados, de los que más tiempo tienen
o de los que trabajan a su servicio, es una organización muerta,
sin posibilidades. Cada cual debe implicarse en la tarea de
todos, en la medida de su disponibilidad, voluntad y entusiasmo.
Pero lo que no se consigue por uno mismo o por la contribución a
lo colectivo de uno mismo, de poco sirve. Los antiguos decían
también aquello de que si hay pastores es sobre todo porque hay
ovejas, si hay uno que manda es porque otros han abandonado la
responsabilidad que tenían en la marcha de sus propios asuntos.
Si por encima de todo ponemos la libertad
individual y la igualdad de cuantos componemos esta
organización, no podemos sino hacer lo propio con las entidades
que constituímos. La organización de abajo hacia arriba, el
federalismo, es lo que nos caracteriza. Según ello, y en el
terreno sindical, diversos niveles actúan con total autonomía y
se coordinan entre sí para ser más eficaces. La afiliada o
afiliado se organiza primero en su sindicato que constituye el
núcleo básico y soberano de la organización. Dentro del
sindicato se forman las secciones sindicales que agrupan a la
afiliación de una empresa o sector. Los sindicatos de una misma
localidad constituyen la Federación de ese lugar. Las
Federaciones Locales de cada territorio (Andalucía, Cataluña,
Asturias...) forman las correspondientes Confederaciones
Territoriales. Las Confederaciones Territoriales y las
Federaciones de Rama de los distintos sindicatos (Metal,
Sanidad, Administración Pública...) junto con el Secretariado
Permanente conforman el Comité de CGT, máximo organismo de
gestión entre Congresos. Como ves, una Organización que desde el
núcleo original del Sindicato se estructura en dos niveles de
intervención: el territorial y el profesional.
En cada uno de los niveles se actúa
independientemente. Se toman las decisiones que comprometen a
esa sección, sindicato, federación de rama, confederación
territorial o lo que sea, sin directrices ajenas. Así, la
autonomía sólo se encuentra limitada por la pertenencia
voluntaria a una organización confederal de espacio más amplio,
que obliga por decisión propia a ser fiel a los acuerdos y
compromisos comúnmente adquiridos.
Ello no evita la existencia de conflictos o
de tensiones. Aunque resulte incómodo, la CGT tiene más que ver
con la difícil diversidad que con la monótona, aburrida y
sencilla coincidencia. Quizás sea porque el espíritu libre tiene
por fuerza que dar lugar a discrepancias y disidencias, y porque
nuestro estilo no es ahogarlas mediante disciplinas o
resoluciones de ningún ejecutivo interno. Los conflictos entre
nosotros los procuramos arreglar con sentido común y con respeto
a las partes discrepantes. Muchas veces lo conseguimos, otras
no.
Y es que nos reclamamos de ese espíritu y
tradición libertaria, anárquica. Por eso hablamos de y tratamos
de hacer posible la relación federal, la autogestión o el que
cada cual sea capaz de resolver lo suyo, la solidaridad cuando
la fuerza propia no es suficiente, la acción directa para
solucionar sin intermediarios nuestros problemas, la autonomía
respecto de partidos e iglesias, el respeto -¡cómo no!- a las
diferentes opiniones que conviven en la organización, la
necesidad de llevar y compartir nuestras ganas de lucha con el
mundo entero, y la voluntad realmente transformadora de esta
sociedad injusta. Todo eso, y alguna cosa más, es lo que anima a
los libertarios, a los anarcosindicalistas, a los sindicalistas
revolucionarios, a los rebeldes. De esos somos nosotros.
Una última cuestión: ¿cuál es el escenario de
la lucha por cambiar las cosas? No lo hay porque lo es todo.
Allí donde está la injusticia hay que intervenir. Y se señala
esto porque, como gustamos de decir aquí, “somos más que un
sindicato”. Somos, en la CGT, básicamente un sindicato, una
organización que actúa en el mundo del trabajo. Pero ni todos
los problemas están sólo en ese mundo, ni sólo el trabajador
clásico -si eso existe ya- tiene un sitio entre nosotros.
Sindicalistas, insumisos, antiautoritarias, opositores del
sexismo, ecologistas, ..., cada uno en su papel, sin
“especializaciones revolucionarias”, conscientes de que la labor
transformadora está en todas partes.
Con estas pocas líneas no se pretendía -ni se
consigue- sino un primer acercamiento a la CGT. Las definiciones
suelen servir de bien poco, y por eso no nos alargamos más. Por
encima de lo que digamos de nosotros y nosotras mismas, somos lo
que somos, lo que viene a decir que la CGT no es más que la suma
de éste, de aquélla, del otro, ... y de ti mismo, si te animas.
El tiempo que vivimos
Pero más allá de las presentaciones, vivimos
una actualidad que merece algún comentario. Tiempos de cambio,
ciertamente, instalados sobre unas posibilidades tecnológicas
nuevas, sobre un agresivo discurso por parte de quienes tienen
el poder, el dinero y la capacidad de decisión, sobre una
pasividad preocupante por parte del sindicalismo oficial, y
sobre una resignación que se extiende por el conjunto social.
Vivimos una sociedad cada día más rica y cada
día con un mayor número de pobres.
Cada día con más posibilidades materiales de
mejorar la vida de la mayoría, pero en la realidad, cada día más
amenazante de esas condiciones de vida. Se ha impuesto un
discurso -ese que llamamos neoliberal- que establece la
productividad y la ganancia como únicas razones, despreciando
las conquistas sociales o la necesidad de proporcionar unos
mínimos vitales para la gente. La fría lógica económica se ha
comido lo social. Ahí tenemos la política de privatización de
empresas y servicios públicos, los recortes sucesivos a las
prestaciones por desempleo, la disminución y privatización del
sistema de pensiones o el retroceso y depreciación de la sanidad
o de la escuela públicas.
Por desgracia, el sindicalismo no es ajeno a
todo ello. Las todavía recientes firmas de la nueva reforma
laboral o del acuerdo para la modificación del sistema de
pensiones dejan bien a las claras cómo nuestro sindicalismo
oficial, el de CCOO y UGT, está dispuesto a aceptar todo lo que
le pongan delante y a tener por único horizonte el gestionar las
migajas que le deja Don Dinero. Nada de movilizar a los
trabajadores, nada de hacer valer su fuerza social. Y si acaso
se les moviliza, ahí tenemos el ejemplo de los trabajadores de
la función pública hace pocos meses: unos fuegos artificiales
para justificarse esos sindicatos y aquí paz y después ...
congelación salarial.
Desde luego que hay otra manera de hacer las
cosas, y a ella te invitamos a sumarte. Hay que hacerse valer,
demostrar la fuerza que tenemos. Hay que responder a la política
neoliberal que nos domina. Pero hay que hacerlo no en los
discursos ni en las fotos, sino en la movilización de fuerzas
que nos disponga en mejores condiciones ante la negociación. Hay
que recuperar la solidaridad social, esa voz que siempre nos ha
dicho que tenemos que ver en todos aquellos asuntos donde se
litiga el bienestar de la mayoría. Que no hay pleitos propios y
ajenos, que lo mío no acaba en las cuatro paredes de mi empresa.
Que la lucha de allí es mi lucha, que las pensiones son la lucha
también de los jóvenes, que la lucha contra el paro lo es
también de los trabajadores más o menos estables.
En ésas estamos y a ésas te invitamos. CGT no
te propone la comodidad de tener la vida arreglada a cambio de
una cuota y un carnet. Nuestra oferta se limita a presentarte un
espacio sindical y social desde el que defender tus derechos en
compañía y apoyo de otros y otras como tú. Nada más que eso.
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